La fachada del Hotel Miramar mantiene una presencia poco común en Málaga: la de un edificio concebido para mirar al mar con autoridad, sin prisa y con vocación de permanencia. Antes de convertirse en uno de los grandes hoteles de lujo de la Costa del Sol, fue el Hotel Príncipe de Asturias, una pieza arquitectónica pensada para situar la ciudad dentro del circuito aristocrático del Mediterráneo.
El proyecto lleva la firma de Fernando Guerrero Strachan, arquitecto malagueño que tomó como referencia el Hotel Ritz de Madrid y el Riviera Palace de Montecarlo. Esa inspiración europea adquiere en Málaga una lectura propia: líneas de influencia neoárabe, jardines amplios y una relación directa con la luz del litoral.


La inauguración en 1926 por Alfonso XIII y María Victoria Eugenia de Battenberg fijó desde el inicio el tono del hotel. La reina quedó vinculada al edificio durante varios veranos, consolidando una forma de estancia más cercana a las grandes residencias mediterráneas que al alojamiento de paso. El Miramar empezó así a construir su memoria desde el protocolo, la arquitectura y la vida social.
En 1939 adoptó el nombre de Hotel Miramar y entró en una etapa marcada por el magnetismo del cine, la literatura y el viaje internacional. Elizabeth Taylor, Ava Gardner, Orson Welles y Anthony Quinn forman parte de esa constelación de nombres que dieron al hotel una dimensión más cosmopolita. También pasaron por sus salones figuras literarias como Ernest Hemingway y Jean Cocteau, reforzando una identidad vinculada al arte de vivir, la conversación y la escena cultural europea.
La historia del edificio atravesó un giro inesperado entre 1987 y 2007, cuando se convirtió en sede de la Audiencia Provincial de Málaga. Ese paréntesis institucional añadió otra capa a su biografía. La reapertura en 2017 como hotel cinco estrellas recuperó la vocación original del inmueble: hospitalidad, representación y una idea de lujo construida desde la arquitectura.


Las suites concentran esa lectura contemporánea del palacio. La Royal Suite combina referencias clásicas y árabes con una terraza amplia, jacuzzi exterior y vistas abiertas al Mediterráneo. La Crown Suite orienta la experiencia hacia la ciudad, los jardines y los edificios históricos del entorno, con mobiliario de hierro forjado y una atmósfera más residencial. En ambas, el lujo aparece menos como gesto ornamental y más como forma de habitar el tiempo.
El Botanic Spa by Sisley prolonga esa relación entre tradición y cuidado. Su propuesta combina la herencia morisca del agua con tratamientos de la maison francesa, en un recorrido de hidroterapia, piscina climatizada con chorros, sauna finlandesa, hammam, fuente de hielo y duchas sensoriales. La sala doble VIP, con baño turco privado y conexión a una estancia de piedras calientes, introduce una intimidad más próxima al ritual que al servicio estándar.

En la séptima planta, la Media Luna Chill Out Terrace cambia la escala del hotel. El Mediterráneo se convierte en eje de la tarde, con música en directo y una coctelería pensada para prolongar la jornada. El Mojiterráneo, con Gin Mare, albahaca, menta fresca, cítricos y tónica, conecta con una lectura muy local del aperitivo. El Pistachio Gin Sour, con limón, clara de huevo y pistacho, encuentra mejor compañía en un brioche crujiente de bogavante, langostinos, aguacate y mayonesa de lima con wasabi.
El Miramar conserva su lugar porque reúne varias vidas en un mismo edificio: palacio, hotel, sede institucional y maison mediterránea. Su valor está en esa continuidad, en la capacidad de volver al lujo sin borrar las capas que lo hicieron reconocible. En Málaga, pocos hoteles sostienen con tanta claridad la relación entre arquitectura, memoria y hospitalidad.

