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mayo 19, 2026
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De las calles de Hadú al Bernabéu

José Martínez Sánchez, “Pirri”, nació en Ceuta en 1945 y llegó al Real Madrid con diecinueve años. Durante dieciséis temporadas fue el eje del equipo blanco: capitán, doctor, símbolo. Su historia comienza en el barrio de Hadú y no ha terminado todavía.

El barrio que lo formó

En Ceuta, el barrio de San José Hadú tiene la textura de las ciudades que han aprendido a convivir. Culturas, generaciones y acentos se mezclan en sus calles con una naturalidad que solo da el tiempo. Fue ahí donde creció Pirri: en una ciudad fronteriza, sin grandes infraestructuras deportivas, pero con una pasión por el balón que supleía cualquier carencia material.

El mar, la mezcla de voces y la intensidad propia de una ciudad bisagra entre dos continentes forjaron un carácter sólido, disciplinado y determinado. Esos años en Hadú — que él nunca renegó — son el primer capítulo de una de las carreras más completas y ejemplares de la historia del Real Madrid.

Su primer equipo fue el Atlético de Ceuta. A los dieciocho años ya destacaba por su visión de juego, su entrega y su liderazgo natural sobre el terreno. Una temporada en el Granada CF bastó para que el Real Madrid pusiera los ojos en él. El 8 de noviembre de 1964, con diecinueve años recién cumplidos, debutó con el primer equipo en un derbi frente al FC Barcelona. El escenario ya no era una plaza de Hadú: era el Santiago Bernabéu.

La camiseta blanca le sentó como una segunda piel desde el primer día. Su dorsal más representativo fue el 8, el número que vistió con mayor frecuencia durante sus años como centrocampista y que acompañó sus temporadas de esplendor, su etapa como capitán y sus batallas en Europa. También portó el 4 en distintas fases de su carrera, cuando el equipo lo requería en labores de libero o en posiciones más defensivas. Ambos números sobre su espalda significaban lo mismo: orden, entrega y liderazgo.

La leyenda de su resistencia

El 11 de noviembre de 2023, la asamblea del Real Madrid lo eligió por unanimidad presidente honorífico del club. No fue un gesto nostálgico ni una deuda saldada tardíamente: fue el reconocimiento lógico de una trayectoria sin manchas, que había comenzado décadas atrás en los humildes campos de fútbol de Ceuta.

La fortaleza física de Pirri no era temeridad: era convicción. Jugó finales europeas con fracturas, con fiebre, con el brazo en cabestrillo y la clavícula rota. Cada vez que saltó al campo en condiciones que habrían justificado la baja, lo hizo porque, para él, el deber hacia el escudo no admitía negociación.

El club reconoció esa actitud con la Laureada del Real Madrid, la máxima distinción en la historia de la entidad. Sólo dos jugadores la han recibido: Pirri y Goyo Benito. Fue Santiago Bernabéu en persona quien se la impuso, impresionado por su actuación en la final de la Recopa de Europa de 1971. Un gesto histórico que sellaba no solo el respeto institucional del club, sino la admiración personal del hombre que dio su nombre al estadio y su alma al equipo.


Pocos jugadores en la historia del fútbol español pueden invocar, como él, una lealtad tan larga e incondicional hacia un solo club. Dieciséis temporadas, una Laureada, la capitánía, la medicina, el liderazgo dentro y fuera del césped. Pirri no fue solo futbolista: fue la encarnación de lo que el club proclama ser.

Ceuta como origen, Madrid como legado

Pirri nunca olvidó de dónde venía. La disciplina heredada de su ciudad, el espíritu ceutiense y la convivencia de culturas en la que se crió lo formaron como futbolista, pero también como médico, como líder y como símbolo. Desde la orilla sur del Estrecho, aquel chico de Hadú alcanzó las cotas más altas del deporte europeo, con el 8 cosido en la espalda y el corazón entregado a cada partido.

Su nombre no es solo parte de la historia del Madrid. Es parte de la historia de Ceuta. Una ciudad que, como él, sabe lo que significa resistir, avanzar y brillar.

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